Astrólogos y estoicismo (P. Sanchis)

Astrólogos y estoicismo (P. Sanchis)

Las personas mayores (en las que me incluyo) crecimos en una sociedad austera, con pocos bienes, y un sentido de la autoridad muy marcado.  Nos educaron en el estoicismo, aunque nuestros padres no hubieran oído nunca el nombre de Marco Aurelio.  Recuerdo una vez, de pequeña, en la que me caí.  Cuando me vi la rodilla despellejada, sangrando, con un trocito de carne colgando (aún llevo la cicatriz), acudí llorando a mi madre.  Me aventó un sopapo y me dijo: “A la próxima, no caigas”.  Así que, la siguiente vez en que me caí, la busqué con la mirada para asegurarme de que estuviera lejos.  No fuera a cobrar otra vez por partida doble.

Con los años y la vida, aprendimos que no todo es estoicismo.  El “ajo, agua y resina” (a joderse, a aguantarse y a resignarse), está bien, pero no evolucionas sólo con eso.  El punto de evolución, creo yo, es la responsabilidad.  Aceptar que en la vida en realidad has decidido tú la mayoría de las cosas que te ocurren y son tu responsabilidad al 50%.  Las cosas no te pasan, sino que de alguna manera buscaste esa experiencia según tus propios rasgos de personalidad.  Si no te gusta lo que te ocurre, cambia pues tu forma de enfocar la vida.  Tienes voluntad, fuerza y ánimo para crear.

Pero, aparte de eso, existe una parte de acontecimientos que no has elegido, sino que te vienen dados.  Y no todos los desearías.

Sin embargo, la vida existe porque existen los dos polos.  Cambiar es pasar de un sitio a otro, o de un estado a otro.  Si existe el frío es porque existe el calor.  Sin cambio, no habría vida, sino algo inerte.  Cada cosa tiene su extremo opuesto, en una escala de cambios continuos.  La enfermedad, por ejemplo, es un cambio: cuando el organismo pierde su equilibrio y alguna de las sustancias que lo conforman peca de defecto o exceso.  Vivir es cambiar, y cambiar supone tocar lo blanco y lo negro.  Tener frío y calor, experimentar el hambre y la saciedad.  El estoicismo es aceptar que ambas cosas son necesarias.

Por eso la astrología antigua está equilibrada: a la dulzura de Venus se contrapone la tensión de Marte; a la expansión de Júpiter, la retracción de Saturno.  Dos luminares, dos benéficos, dos maléficos y un planeta neutro.

Dentro de ese contexto, hay pues configuraciones astrológicas que tienden al desarrollo y otras a la destrucción.

El problema del astrólogo es entonces qué puede decir y qué no puede expresar.  ¿Tiene que decirle a una persona que se lleve el paraguas porque va  a llover?  ¿O que ahorre dinero, porque le vienen vacas flacas?  Y si la carta le sugiere que esas vacas van a ser más que flacas, ¿ha de decirlo?

Supongo que el límite está en decir sólo aquello que no va aumentar el problema.  Si el sufrimiento que generaría el conocimiento previo de lo malo es superior al que causaría la ignorancia, mejor la ignorancia.  En cambio, si el conocimiento permite gestionar mejor los recursos, bienvenido sea.

No obstante, para evitar este dilema, en la última parte del siglo XX se puso de moda una astrología “mundos de yupies”.  Ni siquiera entre astrólogos se puede decir que ya que hay planetas maléficos sin oír un coro de sensibilidades heridas.

Luego viene la tergiversación de la astrología.  Se toman configuraciones aisladas y se debate si son buenas o malas.  Huelga decir que la palabra “mala” es casi un sacrilegio: no son malas, son “de crecimiento”.  Y se tacha de muy mal gusto decir, por ejemplo, que una conjunción Marte-Saturno o Marte-Plutón son conjunciones duras.  Para negarlo o rebatirlo se aducen ejemplos sin ton ni son.  Como si una persona fuera una sola configuración astrológica.  Tipo: Gandhi tenía una oposición Marte-Plutón, así que esa configuración no impide ser pacifista.  ¿Un poco simplista, no?  ¿Habría pacifistas si no existiera la violencia, y ellos no hubieran elegido gestionarla de otro modo?

La gestión del dolor, necesaria, se ha convertido en la negación del dolor.  Todo es bueno porque te ayudará a “crecer”. ¡Joder!, hasta cierto punto.  Todo es bueno para el universo como conjunto, pero el individuo tiene una sensibilidad humana, y por ello, aunque la queja sea una gran carga, hay que aceptar que desea lo que es obviamente deseable, y tiende a rechazar lo que no lo es tanto, por muy instructivo que resulte a la larga.  No es justo darle la sensación de que si lo pasa mal es porque no ha sido capaz de “evolucionar”.  Es un humano, no un buda.  No le culpabilices por no haber llegado a la iluminación.

Y el punto de evolución o de aceptación lo tiene que decidir el nativo, no el astrólogo.  Lo decidirá -si así lo hace-, cuando sea su momento.  Kazantzakis contaba en su famosa novela (Zorba) cómo quiso hacer salir más pronto una mariposa.  Calentó el capullo y se abrió antes de hora.  Pero la mariposa que salió era deforme, porque no era su tiempo.

Por eso no le pertenece al astrólogo darle al nativo lecciones de “evolución”, ni decirle que tiene que crecer, ni usar los “debes aceptar” o lo que sea.  Tampoco  tiene el derecho de negar la información sobre su futuro a la persona que está buscando saberlo.  Dosificarlo, sí; decirle lo que puede resultarle útil, también.  Pero no infantilizarlo haciéndole creer que el dolor no existe y que todo será de color de rosa, o que es culpable por no saber crecer cómo debería hacer.

Quizás tengamos que aceptar que nuestra función es únicamente señalar los baches y las posadas que hay en el camino, cómo es esa carretera, y dejar a los demás la decisión de cómo recorrerla

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